Cuando yo apenas tenía un año, pronunciaba contadas palabras. Las indispensables para sobrevivir supongo, y por algún extraño motivo, algo que vendría a parecerse a "belo" era una de ellas.
Los que le conocieron a los cuarenta solían decir que nunca tuvo mucho humor, que frecuentaba un semblante serio y no solía pronunciarse, pero cuando lo hacía, no existía quien se atreviera a protestar.
Los más cercanos apenas le veían. Trabajaba por las noches y dormía durante el día, lo que no le permitió cumplir con la figura de esposo modelo, y mucho menos con la de padre. Pero imagino que hay una línea a eso de los sesenta (no porque la haya cruzado, sino porque es la explicación que a mi me sirve) que te separa de todo lo que fuiste y hace que te relajes, que bajes el ritmo y te conviertas en todo lo que no pudiste ser.
Cuando yo nací, él ya estaba esperándome. Me quedé dormida en su regazo hasta la inconfesable edad de los doce años, cogía sus grandes manos y las ponía debajo de mi cara para escuchar el tic-tac de su reloj de pulsera, aunque si estabas muy callada podías oírlo desde la otra habitación. Nunca supo decir correctamente "croqueta", y cuando me destrozaba las rodillas al caer contra el suelo, me preguntaba: "¿No sabías que eran tuyas?".
Nunca perdí la esperanza de abandonar mi puesto de hija única, pero hasta entonces, él era al que maquillaba y al que obligaba a esconderse en la bañera mientras yo contaba hasta veinte.
Siempre fingía no recordar la fecha de mi cumpleaños, pero la realidad es que sabía la hora a la que nací, y aunque las pocas veces que me gritó, no tenía razón, nunca se disculpó por ello. Supongo que de él he sacado mi orgullo.
Se negó a cogerme el teléfono la primera vez que viajé sola, y el día que lo cogió, no supo aguantar el tipo cuando dije que le extrañaba.
Mojaba los donuts en la ensalada. No he conocido a nadie que hiciera algo parecido, aunque tampoco he conocido a nadie parecido a él.
Él me enseñó a montar en bicicleta y a usar el metro. Hacía burla a la gente cuando yo se lo pedía, y cuando veía que en la puerta del mercado regalaban claveles, pasaba cinco veces seguidas para hacerme un ramo.
Mi abuela solía decirle que era peor que un niño, y aunque ella le reñía cada vez que me decía que yo era su preferida, nunca paró de decírmelo, porque sabía que él siempre fue el mío.
