Tenemos el ahora de la prisión. Unas manecillas que nos mecen y nos permiten dormitar hasta que cambian de hemisferio y nos inclinan.
Y resbalamos.
Y caemos.
Fatigados recorremos el velódromo en sentido inverso y nuestra fuga parece más centrípeta. El centro está tan concurrido los días de diario que dan ganas de bajarse de la bicicleta y quedarse en medio de la carretera esperando el trágico hado. El tal vez. El infortunio. La contingencia, el quizás, la suerte, la casualidad. El destino.
El azar. A veces se pone a llover como si nunca hubiera llovido y las calles quedan inundadas de la envidia del ayer, tan cálido, tan seco. Manos que recorren muslos y acarician pelos, alborotan cabezas y respiraciones. La lluvia empapa al único que estrena traje, eso está claro, pero al sucio no le roza.
Duermo en el segundero, y muy a mi pesar. Dicen que los que duermen en el minutero huelen el desnivel y planean hasta tierra. Y se ríen de nosotros, los que leemos impacientes, los que les miramos dormir atónitos.
Adoro la lentitud de sus sueños, tan plácidos como ellos mismos.
